tiene buena memoria

Luis hernández en el comercio,  noviembre de 1977

La presencia de Luis Hernández

Publicado: 2017-10-03

Por Jorge Valverde

Gracias a La armonía de H, el libro de Rafael Romero, no es difícil ubicar rápidamente cuál fue la reacción en la prensa ante la muerte inesperada de Luis Hernández, a los años treinta y cinco años de vida, y hace cuatro décadas.  

La primera mención, después del obituario, fue por parte de su amigo, el recientemente fallecido historiador Luis Enrique Tord en La Prensa. En una nota titulada “Ha huerto un Poeta”, Tord meditaba sobre el peso de la ciencia en los días limeños de Hernández con sus cuadernos, que son -dice- las bitácoras donde el poeta anota su navegar tenso e incisivo, a las que se aferra como a un castillo.

Días después, otro amigo suyo, el recordado periodista Jorge Salazar, publicaba a toda página en Ojo, bajo el título “La poesía y muerte de Luis Hernández”, una selección de poemas y termina señalando a esta ciudad, a este paisaje urbano que tanto amó y que –tan sin piedad– lo amó, para luego citar a Baroja: “hombre limpio y puro, que no quiere servir a nadie ni pedir nada a nadie”.

Acababa aquel octubre con la siguiente columna de Luis Jaime Cisneros en La Prensa:

"Los dos primeros años de Letras, Luis Hernández Camarero era ese muchacho inteligente, agudo, inquieto, despeinado, de andar adolescente, enternado en azul. Su ritmo de conversación era atropellado, y corría parejas con el pelo ensortijado. Desde la hora inicial fuimos buenos compañeros: no diré que era un alumno excepcional, pero sí era de esos que destacan por su calidad humana. Mi casa se regaló varias veces con su fabulación entrecortada. Leyó varios libros de mi biblioteca, descubrió varios autores cuya influencia fue evitando sagazmente, tras segura asimilación. La vida le reclamó otros cauces, otros horizontes, y le tendió alguna celada. Lo cierto es que dejamos de vernos largo tiempo. La tarde del domingo aquél en que (hace un año largo) reconocí su voz en el teléfono, adquiere ahora trascendencia especial en mi corazón y mi recuerdo. Lo quise mucho, lo admire por su limpidez. Quería verme esa noche, y se llegó a la casa en su impecable uniforme de médico, con dos rosas en la mano y un interminable conjunto de poemas. Lleno de ilusiones, sus versos se habían contagiado del vórtice de la vida. Quedamos en volver a vernos. Me da mucha pena confirmar su obstinado silencio. Lo quise de veras."

Luis Jaime cisneros sobre luis hernández, en la prensa, octubre de 1977

Un mes después, el suplemento La imagen Cultural de La Prensa, dirigido por Jorge Calliauz y Mario Montalbetti, le dedicaba seis páginas. Aparecen artículos de Nicolás Yerovi, poemas del mismo Hernández y testimonios de Washington Delgado (“el humor era en él una piel delicada que encubría sentimientos hondos, vivos y poderosos”), Saúl Peña (“Decía que el dolor era lo único innecesario”), Iván Larco (“Lucho al fondo corre a pechito una ola”), Francisco Bendezú (“Yo le devolví tus cuadernos a tu madre…”), César Calvo (“[Me escribió refiriéndose a la muerte de Heraud:] No necesito decirte que desde entonces me siento más solo que un ciclista”), Antonio Cisneros (“Te recuerdo leyendo ‘David’. Leyendo ‘Charlie Melnik’ me recuerdo"), Esteban Pavletich, Guillermo Thorndike (“Lucho Hernández se me escapa, se me diluye por la memoria tal como él seguramente hubiese deseado”) y Luis La Hoz (“Y ahora, Lucho, qué otra cosa que un buen brindis. Salud entonces por La Herradura […] salud por las calles, los cines, las boticas; por lo que se recorre cuando todos los caminos están cerrados, old cap; y finalmente, Lucho, salud por ti, por todos los prófugos del mundo.”)  

suplemento La imagen Cultural de La Prensa, noviembre de 1977

En la misma fecha, Ricardo Gonzales Vigil, publica en el suplemento El Dominical de El Comercio un artículo con el título de este post.  

Finalmente, meses después, otra vez Jorge Salazar recuerda a Hernández, lo cita con aquello de que ahora las balas pueden más que los versos y la medicina, y nos sugiere la posibilidad de que el poeta, en sus cuadernos, con coraje e ingenio, siga construyéndonos vías de fuga a través de las calles.


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Isegoria

Sobre la vigencia de autores, su conexión con nuestro medio y, por ello, su valor público, económico y social


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